Addie comienza una vida que durará siglos, pero está condenada a la invisibilidad emocional. Nadie puede recordarla; en cuanto cierra una puerta o sale de una habitación, su rostro y su nombre se borran de la memoria de quienes acaba de conocer. No puede dejar rastro: no puede escribir, ni pintar, ni dejar una huella física en el mundo.